Todas las esperanzas puestas en aquella sala.
Y todos los miedos también.
Bolas de algodón en forma de angustia se abren paso en la cavidad de las entrañas; lento tictac del reloj con vagas muestras de continuar su camino.
Murmullos.
Sordos murmullos enmarañan la estancia, conversaciones apagadas, toses, risas, que como salidos de otra dimensión se entrelazan en un zumbido molesto.
La mirada no pierde detalle del ojo de buey de la puerta por si se percibiera en el interior un movimiento, un sonido… por si lo viera. Pero no lo ve a él, solo camillas alineadas a lo lejos con palos de goteros a la cabecera. Bultos en las camillas. Casi no se ven, casi no se distinguen.
El vientre late y se hace sentir. No, no es él quien lo habita, eso fue hace mucho, en otro tiempo muy pasado y muy presente. El vientre está ahora vacío y una camilla detrás del ojo de buey llena.
Viene.
Cansado, herido, dolorido.
Metafóricamente se acomoda otra vez en el vientre buscando la protección que le falta.
Ojos, uno, brilla cargado de miedo. Llora, tiembla, se estremece.
Noche. Fresca, oscura, tenebrosa.
Velando a su lado hasta el amanecer.
Descansa.
El espíritu se relaja y la luz llega. Día nuevo.
Esperanza.
Imagen :Daniel Porta

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